Comunicado
La violencia doméstica
Constituye un atentado contra la dignidad humana
“El
hombre y la mujer tienen la misma dignidad y son de igual valor, no
sólo porque ambos en su diversidad, son imagen de Dios, sino
más profundamente aún, porque el dinamismo de reciprocidad
que anima el nosotros de la pareja humana es imagen de Dios.”
Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia.
La
Comisión de Justicia y Paz de la Iglesia Católica de
Panamá, expresa su preocupación por el asesinato en
los primeros tres meses en lo que va del año, de ocho mujeres
en manos de sus esposos o cónyuges y el debate de grupos organizados
de sociedad civil en torno a la selección de nuevo Defensor
del pueblo y sus declaraciones sobre el tema de la violencia doméstica,
que reflejan desconocimiento de los acuerdos y normas nacionales que
regulan la materia.
Por
lo antes expuesto y reconociendo la seriedad del problema, declaramos
ante la opinión pública nuestra posición:
La
violencia en cualquier forma ofende la dignidad de la persona humana,
destruye la familia y es contrario al evangelio de la vida. Lamentablemente
esta situación está presente en todos los sectores socioeconómicos,
religiosos y étnicos. Se manifiesta de diferentes maneras,
pero con el mismo resultado. La violencia doméstica cambia
los vínculos naturales del amor por relaciones desnaturalizadas
de los agresores hacia sus víctimas a quienes han prometido
amar y apreciar.
La violencia doméstica por el hecho de ocurrir en la privacidad
de los hogares, se encuentra a menudo envuelta en el silencio. Las
personas ajenas a la familia vacilan en intervenir, aún cuando
saben que está ocurriendo un abuso. El abuso de una persona,
por un miembro de la familia ha sido considerado no sólo un
asunto privado sino una prerrogativa del esposo. Lamentablemente,
algunas autoridades y líderes argumentan que la intervención
por parte de personas externas pone en peligro la santidad del hogar.
Sin embargo, el abuso, el ataque, o el asesinato son más graves
por el hecho de ocurrir dentro de la familia y eso lo establecen las
leyes en nuestro país. La violencia ya sea cometida en contra
de miembros de la familia o extraños, es contrario al mensaje
cristiano de amor y respeto a los derechos humanos.
Para finalizar, debemos señalar que el proceso de selección
del Defensor es una tarea de competencia exclusiva de la Asamblea
Nacional de Diputados y la injerencia de cualquier otro poder estaría
viciando dicho proceso en detrimento de la Asamblea. La Iglesia es
consciente de la separación de los poderes, por eso no podemos
aceptar que se pretenda responsabilizar a la Iglesia de alguna injerencia
en la designación del Defensor, ni mucho menos aceptar que
ante las limitaciones personales de los laicos pretendamos ampararnos
en nuestra práctica religiosa. Cada instancia de la sociedad
tiene su campo propio y todos debemos coincidir desde nuestra especificidad
a promover la vida.
Hacemos un llamado a la Asamblea Nacional de Diputados, órgano
en que recae la responsabilidad primaria de la designación
del Defensor del Pueblo, para que reevalué la selección
de la persona sobre la que pesa una denuncia de maltrato familiar,
situación esta que contraría el numeral 5 del artículo
130 de la Constitución que establece como requisito la solvencia
moral y prestigio reconocido para asumir el cargo; contribuyendo con
esto a restablecer la tranquilidad de la ciudadanía y la confianza
en la institucionalidad, pues es inaceptable que por una parte el
Ejecutivo implemente una política contra el Maltrato Familiar
y por la otra el Órgano Legislativo, por defecto, no valore
ese esfuerzo a la hora de escoger a la persona que tendrá,
precisamente la responsabilidad de defender al pueblo contra los abusos.
Panamá,
30 de marzo de 2006